El niño-perro y el estallido social

Hace muchos años vi en el noticiero una nota increíble. Se encontró a un niño viviendo en la calle, junto a una jauría que parecía aceptarlo como uno más. El “niño-perro” -como se le llamó pues no se conocía su nombre- principalmente gruñía y casi no usaba palabras, reaccionaba agresivamente al contacto de las personas y no contaba con condiciones mínimas de salud e higiene.

Descubrieron que este niño había pasado muchas veces por hogares de protección infantil, pero siempre logró escapar. Con el tiempo, quedó fuera del sistema y de la sociedad. Ningún educador o especialista fue capaz de restituir la dignidad de este niño, tanto así que la alternativa que le quedó fue acompañarse de una jauría y tenerla como su núcleo más cercano. Es que probablemente no solo necesitaba profesores, psicólogos o terapeutas, lo que este niño requería era cariño, contención y cuidado para poder salir adelante.

Creo que en esta historia hay una clave para entender el momento que vivimos como país. ¿Qué tienen en común el niño-perro y la violencia de la que hemos sido víctima desde el estallido social? Tanto el niño como los manifestantes violentos muestran, en mi opinión, un problema profundo de la sociedad actual: la falta de vinculaciones personales sólidas, es decir, de lazos afectivos efectivos que permitan un desarrollo sano en sociedad.

Los humanos somos naturalmente entes sociales. En nuestra vida podemos relacionarnos con familiares, compañeros de juego durante la infancia, compañeros de colegio, colegas (la empresa también es un espacio de vinculaciones), vecinos, entre muchos otros. La manera en que nos vinculamos con cada uno de ellos marca insoslayablemente la forma en que nos desarrollamos y gozamos nuestra vida. La carencia de vínculos potentes nos aísla y nos priva de ser felices.

En este caso, los vínculos que fallaron fueron los de su núcleo más cercano. Al no tener una familia que lo acogiera y cuidara, su vida se desmoronó y no fue capaz -hasta ese momento- de desarrollarse sanamente. Respecto de los manifestantes que se expresan con violencia, no podemos estar seguros de cómo se relacionan con sus más cercanos. Sin embargo, es dable suponer que si para lograr sus metas son capaces de coartar la libertad de otras personas, infundir miedo y causar destrucción (para los que tienen mala memoria, todo esto sí pasó y sigue pasando), es porque poco les importa el “otro”. Probablemente sus vínculos sean escasos o estén tan dañados, que no les parece mal expresarse agrediendo. Por supuesto que esta no es la única razón detrás del estallido, pero creo que es una importante.

Estamos acostumbrados a que la solución a todos nuestros problemas sean las políticas públicas. En efecto, hay acciones en la esfera de lo público y la política que pueden ayudar a tener una sociedad más vinculada. Sin embargo, lo privado -lo que está a nuestro alcance- también es fundamental.

Fuente: La Tercera.